Góngora, 1623. “Al Marqués de Velada, herido de un toro que mató luego a cuchilladas”.
Con razón, gloria excelsa de Velada,
te admira Europa, y tanto que, celoso
su robador mentido, pisa el coso,
fiel este día, forma no alterada.
Buscó tu fresno, y extinguió tu espada
en su sangre su espíritu fogoso,
si de tus venas ya lo generoso
poca arena dejó calificada.
Lloró su muerte el sol, y del segundo
lunado signo su esplendor vistiendo
a la satisfacción se disponía;
cuando el monarca de este y de aquel mundo
dejar te mando el circo, previniendo
no acaben dos planetas en un día.
Góngora, ¿1610? “A don Pedro de Cárdenas, en un encierro de toros”.
Salí, señor don Pedro, esta mañana
A ver un toro que en un Nacimiento
Con mi mula estuviera más contento
Que alborotando a Córdoba la llana.
Romper la tierra he visto en su abesana
Mis prójimos con paso menos lento,
Que él se entró en la ciudad tan sin aliento,
Y aún más, que me dejó en la barbacana.
No desherréis vuestro Zagal, que un clavo
No ha de valer la causa, si no miente
Quien de la cuerda apela para el rabo.
Perdonadme el hablar tan cortésmente
De quien, ya que no alcalde por lo Bravo,
Podrá ser, por lo Manso, presidente.
Fernando Villalón, 1927. “La Toríada” [fragmento].
Selvática oración la de los toros
al Sol, que sus caballos
huellan ya el borde de la tierra yerta;
y ocultando a la noche sus tesoros
-y a sus vasallos huestes de luceros,
mandando retirar-; a la despierta
por sus besos Aurora
en plata viste ahora;
los valles y riberas
en neblinas emboza, y la desierta
marisma riza en brisas mañaneras.
Rafael Alberti, “Corrida de toros”
De sombra, sol y muerte, volandera
grana zumbando, el ruedo gira herido
por un clarín de sangre azul torera.
Abanicos de aplausos, en bandadas,
descienden, giradores, del tendido,
la ronda a coronar de los espadas.
Se hace añicos el aire, y violento,
un mar por media luna gris mandado
prende fuego a un farol que apaga el viento.
¡Buen caballito de los toros, vuela,
sin más jinete de oro y plata, al prado
de tu gloria de azúcar y canela!
Cinco picas al monte, y cinco olas
sus lomos empinados convirtiendo
en verbena de sangre y banderolas.
Carrusel de claveles y mantillas
de luna macarena y sol, bebiendo,
de naranja y limón, las banderillas.
Blonda negra, partida por dos bandas,
de amor injerto en oro la cintura,
presidenta del cielo y las barandas,
rosa en el palco de la muerte aún viva,
libre y por fuera sanguinaria y dura,
pero de corza el corazón, cautiva.
Brindis, cristiana mora, a ti, volando,
cuervo mudo y sin ojos, la montera
del áureo espada que en el sol lidiando
y en la sombra, vendido, de puntillas,
da su junco a la media luna fiera,
y a la muerte su gracia, de rodillas.
Veloz, rayo de plata en campo de oro
nacido de la arena y suspendido,
por un estambre, de la gloria, al toro,
mar sangriento de picas coronado,
en Dolorosa grana convertido,
centrar el ruedo manda, traspasado.
Feria de cascabel y percalina,
muerta la media luna gladiadora,
de limón y naranja, remolina
de la muerte, girando, y los toreros,
bajo una alegoría voladora
de palmas, abanicos y sombreros.
Miguel Hernández, 1933. Perito en lunas.
“Toro”.
¡A la gloria, a la gloria toreadores!
La hora es de mi luna menos cuarto.
Émulos imprudentes del lagarto,
magnificáos el lomo de colores.
Por el arco, contra los picadores,
del cuerno, flecha, a dispararme parto.
¡A la gloria, si yo antes no os ancoro,
-golfo de arena,- en mis bigotes de oro!
“Miguel de las imprentas” [Arcángel San Miguel]
Copiosa de azagayas,
provisión de furores,
urgentes tras los cuernos,
recomiendan clarines
a una arena sin playas,
era de resplandores
con parva de carmines
manejables y alternos.
sábado, 10 de julio de 2010
Metáfora pura
Góngora, 1613. “Soledad Primera” [de los campos]. Estrofa: silva. Tema: la naturaleza.
Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa,
media luna las armas de su frente,
y el Sol todos los rayos de su pelo,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas,
cuando el que ministrar podía la copa
a Júpiter mejor que el garzón de Ida,
náufrago y desdeñado sobre ausente,
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar; que condolido,
fue a las ondas, fue al viento
el mísero gemido,
segundo de Arïón dulce instrumento.
Del siempre en la montaña opuesto pino
al enemigo Noto,
piadoso miembro roto,
breve tabla, delfín no fue pequeño
al inconsiderado peregrino
que a una Libia de ondas su camino
fïó, y su vida a un leño (...).
Luis Cernuda, 1929. “Quisiera estar solo en el sur”. [Naturaleza]
Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.
El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.
En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.
Miguel Hernández, 1933. Perito en lunas. “Palmera”.
Anda, columna, ten un desenlace
de surtidor. Principia por espuela.
Pon a la luna un tirabuzón. Hace
el camello más alto de canela.
Resuelta en claustro viento esbelto pace,
oasis de beldad a toda vela
con gargantillas de oro en la garganta:
fundada en ti se iza la serpiente, y canta.
Góngora, 1612. “Fábula de Polifemo y Galatea”.
Descripción de Polifemo: estrofas 7 y 8.
Un monte era de miembros eminente
éste, que - de Neptuno hijo fiero -
de un ojo ilustra el orbe de su frente,
émulo casi del mayor lucero;
cíclope a quien el pino más valiente,
bastón, le obedecía tan ligero,
y al grave peso junco tan delgado,
que un día era bastón y otro cayado.
Negro el cabello, imitador undoso
de las obscuras aguas del Leteo,
al viento que lo peina proceloso
vuela sin orden, pende sin aseo;
un torrente es su barba impetüoso,
que - adusto hijo de este Pirineo -
su pecho inunda, o tarde, o mal, o en vano
surcada aun de los dedos de su mano.
Descripción de Galatea: estrofas 13 y 14.
Ninfa, de Doris hija, la más bella,
adora que vio el reino de la espuma.
Galatea es su nombre y dulce en ella
el terno Venus de sus Gracias suma.
Son una y otra luminosa estrella
lucientes ojos de su blanca pluma:
si roca de cristal no es de Neptuno,
pavón de Venus es, cisne de Juno.
Purpúreas rosas sobre Galatea
la Alba entre lilios cándidos deshoja:
duda el Amor cuál más su color sea,
o púrpura nevada, o nieve roja.
De su frente la perla es, eritrea,
émula vana. El ciego dios se enoja
y, condenando su esplendor, la deja
pender el oro al nácar de su oreja
Vicente Aleixandre, 1927. Ámbito, “Cinemática”.
Venías cerrada, hermética,
a ramalazos de viento
crudo, por calles tajadas
a golpe de rachas, seco.
Planos simultáneos—sombras:
abierta, cerrada—. Suelos.
De bocas de frío, el frío.
Se arremolinaba el viento
en torno tuyo, ya a pique
de cercenarte fiel. Cuerpo
diestro. De negro. Ceñida
de cuchillas. Solo, escueto,
el perfil se defendía
rasado por los aceros.
Tubo. Calle cuesta arriba.
Gris de plomo. La hora, el tiempo.
Ojos metidos, profundos,
bajo el arco firme, negro.
Veladores del caniino
—ángulos, sombras—siniestros.
Te pasan ángulos—calle,
calle, calle, calle. Tiemblos.
Asechanzas rasan filos
por ti. Dibujan tu cuerpo
sobre el fondo azul profundo
de ti misma, ya postrero.
Meteoro de negrura.
Tu bulto. Cometa. Lienzos
de pared limitan cauces
hacia noche sòlo abiertos.
Cortas luces, cortas agrios
paredones de misterio,
haces camino escapada
de la tarde, frío el gesto,
contra cruces, contra luces,
amenazada de aceros
de viento. Pasiòn de noche
enciende, farol del pecho,
el corazòn, y derribas
sed de negror y silencios.
Jorge Guillén, 1927. “Desnudo”.
Blancos, rosas... Azules casi en veta,
dos, mentales.
Puntos de luz latente dan señales
de una sombra secreta.
Pero el color, infiel a la penumbra,
se consolida en masa.
Yacente en el verano de la casa,
una forma se alumbra.
Claridad aguzada entre perfiles,
de tan puros tranquilos
que cortan y aniquilan con sus filos
las confusiones viles.
Desnuda está la carne. Su evidencia
se resuelve en reposo.
Monotonía justa: prodigioso
colmo de la presencia.
¡Plenitud inmediata, sin ambiente,
del cuerpo femenino!
Ningún primor: ni voz ni flor. ¿Destino?
Oh absoluto presente!
Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa,
media luna las armas de su frente,
y el Sol todos los rayos de su pelo,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas,
cuando el que ministrar podía la copa
a Júpiter mejor que el garzón de Ida,
náufrago y desdeñado sobre ausente,
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar; que condolido,
fue a las ondas, fue al viento
el mísero gemido,
segundo de Arïón dulce instrumento.
Del siempre en la montaña opuesto pino
al enemigo Noto,
piadoso miembro roto,
breve tabla, delfín no fue pequeño
al inconsiderado peregrino
que a una Libia de ondas su camino
fïó, y su vida a un leño (...).
Luis Cernuda, 1929. “Quisiera estar solo en el sur”. [Naturaleza]
Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.
El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.
En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.
Miguel Hernández, 1933. Perito en lunas. “Palmera”.
Anda, columna, ten un desenlace
de surtidor. Principia por espuela.
Pon a la luna un tirabuzón. Hace
el camello más alto de canela.
Resuelta en claustro viento esbelto pace,
oasis de beldad a toda vela
con gargantillas de oro en la garganta:
fundada en ti se iza la serpiente, y canta.
Góngora, 1612. “Fábula de Polifemo y Galatea”.
Descripción de Polifemo: estrofas 7 y 8.
Un monte era de miembros eminente
éste, que - de Neptuno hijo fiero -
de un ojo ilustra el orbe de su frente,
émulo casi del mayor lucero;
cíclope a quien el pino más valiente,
bastón, le obedecía tan ligero,
y al grave peso junco tan delgado,
que un día era bastón y otro cayado.
Negro el cabello, imitador undoso
de las obscuras aguas del Leteo,
al viento que lo peina proceloso
vuela sin orden, pende sin aseo;
un torrente es su barba impetüoso,
que - adusto hijo de este Pirineo -
su pecho inunda, o tarde, o mal, o en vano
surcada aun de los dedos de su mano.
Descripción de Galatea: estrofas 13 y 14.
Ninfa, de Doris hija, la más bella,
adora que vio el reino de la espuma.
Galatea es su nombre y dulce en ella
el terno Venus de sus Gracias suma.
Son una y otra luminosa estrella
lucientes ojos de su blanca pluma:
si roca de cristal no es de Neptuno,
pavón de Venus es, cisne de Juno.
Purpúreas rosas sobre Galatea
la Alba entre lilios cándidos deshoja:
duda el Amor cuál más su color sea,
o púrpura nevada, o nieve roja.
De su frente la perla es, eritrea,
émula vana. El ciego dios se enoja
y, condenando su esplendor, la deja
pender el oro al nácar de su oreja
Vicente Aleixandre, 1927. Ámbito, “Cinemática”.
Venías cerrada, hermética,
a ramalazos de viento
crudo, por calles tajadas
a golpe de rachas, seco.
Planos simultáneos—sombras:
abierta, cerrada—. Suelos.
De bocas de frío, el frío.
Se arremolinaba el viento
en torno tuyo, ya a pique
de cercenarte fiel. Cuerpo
diestro. De negro. Ceñida
de cuchillas. Solo, escueto,
el perfil se defendía
rasado por los aceros.
Tubo. Calle cuesta arriba.
Gris de plomo. La hora, el tiempo.
Ojos metidos, profundos,
bajo el arco firme, negro.
Veladores del caniino
—ángulos, sombras—siniestros.
Te pasan ángulos—calle,
calle, calle, calle. Tiemblos.
Asechanzas rasan filos
por ti. Dibujan tu cuerpo
sobre el fondo azul profundo
de ti misma, ya postrero.
Meteoro de negrura.
Tu bulto. Cometa. Lienzos
de pared limitan cauces
hacia noche sòlo abiertos.
Cortas luces, cortas agrios
paredones de misterio,
haces camino escapada
de la tarde, frío el gesto,
contra cruces, contra luces,
amenazada de aceros
de viento. Pasiòn de noche
enciende, farol del pecho,
el corazòn, y derribas
sed de negror y silencios.
Jorge Guillén, 1927. “Desnudo”.
Blancos, rosas... Azules casi en veta,
dos, mentales.
Puntos de luz latente dan señales
de una sombra secreta.
Pero el color, infiel a la penumbra,
se consolida en masa.
Yacente en el verano de la casa,
una forma se alumbra.
Claridad aguzada entre perfiles,
de tan puros tranquilos
que cortan y aniquilan con sus filos
las confusiones viles.
Desnuda está la carne. Su evidencia
se resuelve en reposo.
Monotonía justa: prodigioso
colmo de la presencia.
¡Plenitud inmediata, sin ambiente,
del cuerpo femenino!
Ningún primor: ni voz ni flor. ¿Destino?
Oh absoluto presente!
Pintura y Poesía
Góngora, 1614. “Inscripción para el sepulcro de Domínico Greco”.
Esta en forma elegante, ¡oh peregrino!,
de pórfido luciente dura llave,
el pincel niega al mundo más suave
que dio espíritu a leño, vida a lino.
Su nombre, aun de mayor aliento dino
que en los clarines de la Fama cabe,
el campo ilustra de este mármol grave,
venéralo y prosigue tu camino.
Yace el griego, heredó Naturaleza
arte y el Arte estudio, Iris colores,
Febo luces, si no sombras Morfeo.
Tanta urna, a pesar de su dureza,
lágrimas beba, y cuantos suda olores
corteza funeral de árbol sabeo.
Góngora, 1620. “A un pintor flamenco, mientras pintaba su retrato”.
Hurtas mi vulto y, cuanto más le debe
a tu pincel, dos veces peregrino,
de espíritu vivaz el breve lino
en las colores que sediento bebe,
vanas cenizas temo al lino breve,
que émulo del barro lo imagino,
a quien, ya etéreo fuese, ya divino,
vida le fió muda esplendor leve.
Belga gentil, prosigue al hurto noble;
que a su materia perdonará el fuego,
y el tiempo ignorará su contextura.
Los siglos que en sus hojas cuenta un roble,
árbol los cuenta sordo, tronco ciego;
quien más ve, quien más oye, menos dura.
Juan Larrea, 1927. “Un color le llamaba Juan” [fragmento]. A la memoria de Juan Gris.
Bendigamos el confort de las hormigas regulares
Y la noche aún más triste que el papel secante
Después de la muerte de las palabras
Ahora que el silencio se hace dulcemente festín de pájaro
Entre los trigos capricho de una cárcel florida.
Todos los arroyos interiores hemos acudido
A aliviar este molino de individuo
Único convidado que nos queda
De aquel que ha partido hacia el invierno sin pretexto
Sobre un dolor de pradera antigua
Las hormigas arrastran nuestras lágrimas de este a oeste.
Gerardo Diego, 1924. “Cuadro” [fragmento]. A Maurice Raynal.
El mantel jirón del cielo
Es mi estandarte
Y el licor del poniente
Da su reflejo al arte,
Yo prefiero el mar cerrado
Y al sol le pongo sordina
Mi poesía y las manzanas
Hacen una atmósfera más fina
En medio la guitarra
Amémosla
Ella recoge el aire circundante
Es el desnudo nuevo
Venus del siglo o madona sin infante
Lorca, 1924. “Oda a Salvador Dalí” [fragmento].
Un deseo de formas y límites nos gana.
Viene el hombre que mira con el metro amarillo.
Venues es una blanca naturaleza muerta
Y los coleccionistas de mariposas huyen.
Alberti, A la pintura.
Esta en forma elegante, ¡oh peregrino!,
de pórfido luciente dura llave,
el pincel niega al mundo más suave
que dio espíritu a leño, vida a lino.
Su nombre, aun de mayor aliento dino
que en los clarines de la Fama cabe,
el campo ilustra de este mármol grave,
venéralo y prosigue tu camino.
Yace el griego, heredó Naturaleza
arte y el Arte estudio, Iris colores,
Febo luces, si no sombras Morfeo.
Tanta urna, a pesar de su dureza,
lágrimas beba, y cuantos suda olores
corteza funeral de árbol sabeo.
Góngora, 1620. “A un pintor flamenco, mientras pintaba su retrato”.
Hurtas mi vulto y, cuanto más le debe
a tu pincel, dos veces peregrino,
de espíritu vivaz el breve lino
en las colores que sediento bebe,
vanas cenizas temo al lino breve,
que émulo del barro lo imagino,
a quien, ya etéreo fuese, ya divino,
vida le fió muda esplendor leve.
Belga gentil, prosigue al hurto noble;
que a su materia perdonará el fuego,
y el tiempo ignorará su contextura.
Los siglos que en sus hojas cuenta un roble,
árbol los cuenta sordo, tronco ciego;
quien más ve, quien más oye, menos dura.
Juan Larrea, 1927. “Un color le llamaba Juan” [fragmento]. A la memoria de Juan Gris.
Bendigamos el confort de las hormigas regulares
Y la noche aún más triste que el papel secante
Después de la muerte de las palabras
Ahora que el silencio se hace dulcemente festín de pájaro
Entre los trigos capricho de una cárcel florida.
Todos los arroyos interiores hemos acudido
A aliviar este molino de individuo
Único convidado que nos queda
De aquel que ha partido hacia el invierno sin pretexto
Sobre un dolor de pradera antigua
Las hormigas arrastran nuestras lágrimas de este a oeste.
Gerardo Diego, 1924. “Cuadro” [fragmento]. A Maurice Raynal.
El mantel jirón del cielo
Es mi estandarte
Y el licor del poniente
Da su reflejo al arte,
Yo prefiero el mar cerrado
Y al sol le pongo sordina
Mi poesía y las manzanas
Hacen una atmósfera más fina
En medio la guitarra
Amémosla
Ella recoge el aire circundante
Es el desnudo nuevo
Venus del siglo o madona sin infante
Lorca, 1924. “Oda a Salvador Dalí” [fragmento].
Un deseo de formas y límites nos gana.
Viene el hombre que mira con el metro amarillo.
Venues es una blanca naturaleza muerta
Y los coleccionistas de mariposas huyen.
Alberti, A la pintura.
La fuerza del hipérbaton
Góngora.
Hermana Marica,
mañana, que es fiesta,
no irás tú a la amiga
ni yo iré a la escuela.
Pondráste el corpiño
y la saya buena,
cabezón labrado,
toca y albanega,
y a mí me pondrán
mi camisa nueva,
sayo de palmilla,
media de estameña;
y si hace bueno
trairé la montera
que medio la Pascua
mi señora abuela,
y el estandal rojo
con lo que le cuelga,
que trajo el vecino
cuando fue a la feria.
Iremos a misa,
veremos la iglesia,
darános un cuarto
mi tía la ollera.
Compraremos de él
(que nadie lo sepa)
chochos y garbanzos
para la merienda;
y en la tardecica,
en nuestra plazuela,
jugaré yo al toro
y tú a las muñecas
con las dos hermanas
Juana y Madalena
y las dos primillas
Marica y la tuerta;
y si quiere madre
dar las castañetas,
podrás tanto d'ello
bailar en la puerta;
y al son del adufe
cantará Andrehuela
"No me aprovecharon,
madre, las hierbas";
y yo de papel
haré una librea,
teñida con moras
porque bien parezca,
y una caperuza
con muchas almenas;
pondré por penacho
las dos plumas negras
del rabo del gallo,
que acullá en la huerta
anaranjeamos
las Carnestolendas;
y en la caña larga
pondré una bandera
con dos borlas blancas
en sus trazanderas;
y en mi caballito
pondré una cabeza
de guadamecí,
dos hilos por riendas,
y entraré en la calle
haciendo corvetas.
Yo y otros del barrio
que son más de treinta
jugaremos cañas
junto a la plazuela,
porque Barbolilla
salga acá y nos vea:
Bárbola, la hija
de la panadera,
la que suele darme
tortas con manteca,
porque algunas veces
hacemos yo y ella
las bellaquerías
detrás de la puerta.
Alberti, 1927. “Soledad Tercera. (Paráfrasis incompleta)”, [fragmento]. Cal y canto.
Conchas y verdes líquenes salados,
Los dormidos cabellos todavía,
Al de una piedra sueño, traje umbroso
Vistiendo estaban, cuando desvelados,
Cítaras ya, esparcidos,
Por la del viento lengua larga y fría
Templados y pulsados
Fueron y repetidos
Que el joven caminante su reposo
Vio, música segura,
Volar y, estrella pura,
Diluirse en la Lira, perezoso.
Lorca, “Soledad insegura. [En honor de Góngora]”, 14 de febrero de 1927.
Noche de flor cerrada y vena oculta,
-almendra sin cuajar de verde tacto-,
Noche cortada demasiado pronto,
Agitaba las hojas y las almas.
Pez mudo por el agua de ancho ruido,
Lascivo se bañaba en el temblante,
Luminoso marfil, recién cortado
Al cuerno adolescente de la luna.
Y si el centauro canta en las orillas
Deliciosa canción de trote y flecha,
Ondas recojan glaucas sus acentos
Con un dolor sin límite, de nardos.
Lyra bailaba en la fingida curva,
Blanco inmóvil de inmóvil geometría.
Hermana Marica,
mañana, que es fiesta,
no irás tú a la amiga
ni yo iré a la escuela.
Pondráste el corpiño
y la saya buena,
cabezón labrado,
toca y albanega,
y a mí me pondrán
mi camisa nueva,
sayo de palmilla,
media de estameña;
y si hace bueno
trairé la montera
que medio la Pascua
mi señora abuela,
y el estandal rojo
con lo que le cuelga,
que trajo el vecino
cuando fue a la feria.
Iremos a misa,
veremos la iglesia,
darános un cuarto
mi tía la ollera.
Compraremos de él
(que nadie lo sepa)
chochos y garbanzos
para la merienda;
y en la tardecica,
en nuestra plazuela,
jugaré yo al toro
y tú a las muñecas
con las dos hermanas
Juana y Madalena
y las dos primillas
Marica y la tuerta;
y si quiere madre
dar las castañetas,
podrás tanto d'ello
bailar en la puerta;
y al son del adufe
cantará Andrehuela
"No me aprovecharon,
madre, las hierbas";
y yo de papel
haré una librea,
teñida con moras
porque bien parezca,
y una caperuza
con muchas almenas;
pondré por penacho
las dos plumas negras
del rabo del gallo,
que acullá en la huerta
anaranjeamos
las Carnestolendas;
y en la caña larga
pondré una bandera
con dos borlas blancas
en sus trazanderas;
y en mi caballito
pondré una cabeza
de guadamecí,
dos hilos por riendas,
y entraré en la calle
haciendo corvetas.
Yo y otros del barrio
que son más de treinta
jugaremos cañas
junto a la plazuela,
porque Barbolilla
salga acá y nos vea:
Bárbola, la hija
de la panadera,
la que suele darme
tortas con manteca,
porque algunas veces
hacemos yo y ella
las bellaquerías
detrás de la puerta.
Alberti, 1927. “Soledad Tercera. (Paráfrasis incompleta)”, [fragmento]. Cal y canto.
Conchas y verdes líquenes salados,
Los dormidos cabellos todavía,
Al de una piedra sueño, traje umbroso
Vistiendo estaban, cuando desvelados,
Cítaras ya, esparcidos,
Por la del viento lengua larga y fría
Templados y pulsados
Fueron y repetidos
Que el joven caminante su reposo
Vio, música segura,
Volar y, estrella pura,
Diluirse en la Lira, perezoso.
Lorca, “Soledad insegura. [En honor de Góngora]”, 14 de febrero de 1927.
Noche de flor cerrada y vena oculta,
-almendra sin cuajar de verde tacto-,
Noche cortada demasiado pronto,
Agitaba las hojas y las almas.
Pez mudo por el agua de ancho ruido,
Lascivo se bañaba en el temblante,
Luminoso marfil, recién cortado
Al cuerno adolescente de la luna.
Y si el centauro canta en las orillas
Deliciosa canción de trote y flecha,
Ondas recojan glaucas sus acentos
Con un dolor sin límite, de nardos.
Lyra bailaba en la fingida curva,
Blanco inmóvil de inmóvil geometría.
Romancilla apoyado en una canción popular
Góngora, 1581:
Da bienes Fortuna
Que no están escritos:
cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.
¡Cuán diversas sendas
se suelen seguir
en el repartir
honras y haciendas!
A unos da encomiendas,
a otros sambenitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.
A veces despoja
de choza y apero
al mayor cabrero;
y a quien se le antoja
la cabra más coja
pare dos cabritos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.
Porque en una aldea
un pobre mancebo
hurtó sólo un huevo,
al sol bambolea;
y otro se pasea con cien mil delitos.
Cuando pitos flautas
cuando flautas pitos.
Góngora.
Las flores del romero,
niña Isabel,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.
Celosa estás, la niña,
celosa estás de aquel
dichoso, pues, le buscas,
ciego, pues no te ve,
ingrato, pues te enoja
y confiado, pues
no se disculpa hoy
de lo que hizo ayer.
Enjuguen esperanzas
lo que lloras por él;
que los celos entre aquellos
que se han querido bien
hoy son flores azules,
mañana serán miel.
Aurora de ti misma,
que cuando a amanecer
a tu placer empiezas,
te eclipsan tu placer,
serénense tus ojos,
y más perlas no des,
porque al Sol le está mal
lo que a la Aurora bien.
Desata como nieblas
todo lo que no ves;
que sospechas de amantes
y querellas después,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.
Alberti, “Por amiga, por amiga”.
Por amiga, por amiga.
Sólo por amiga.
Por amante, por querida.
Sólo por querida.
Por esposa, no.
Sólo por amiga.
Alberti, “Zarza florida”.
SAN RAFAEL (SIERRA DE GUADARRAMA)
Zarza florida
Rosal sin vida.
Salí de mi casa, amante,
por ir al campo a buscarte.
Y en una zarza florida
hallé la cinta prendida,
de tu delantal, mi vida.
Hallé tu cinta prendida,
y más allá, mi querida,
te encontré muy mal herida
bajo del rosal, mi vida.
Zarza florida
Rosal sin vida.
Bajo del rosal sin vida.
Lorca, 1923: “Baladilla de los tres ríos”.
El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos,
Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
El río Guadalquivir
tiene las barbas granates.
Los dos ríos de Granada,
uno llanto y otro sangre.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
Para los barcos de vela
Sevilla tiene un camino;
por el agua de Granada
sólo reman los suspiros.
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales,
Dauro y Genil, torrecillas
muertas sobre los estanques.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
¡Quién dirá que el agua lleva
un fuego fátuo de gritos!
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
Llevo azahar, lleva olivas,
Andalucía, a tus mares,
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
Gerardo Diego: repetición propia del Romancero tradicional, “Fontefrida, fontefrida”.
Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.
Indiferente o cobarde
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.
Tú, viejo Duero, sonríes
Entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.
Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.
Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.
Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada
sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.
Da bienes Fortuna
Que no están escritos:
cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.
¡Cuán diversas sendas
se suelen seguir
en el repartir
honras y haciendas!
A unos da encomiendas,
a otros sambenitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.
A veces despoja
de choza y apero
al mayor cabrero;
y a quien se le antoja
la cabra más coja
pare dos cabritos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.
Porque en una aldea
un pobre mancebo
hurtó sólo un huevo,
al sol bambolea;
y otro se pasea con cien mil delitos.
Cuando pitos flautas
cuando flautas pitos.
Góngora.
Las flores del romero,
niña Isabel,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.
Celosa estás, la niña,
celosa estás de aquel
dichoso, pues, le buscas,
ciego, pues no te ve,
ingrato, pues te enoja
y confiado, pues
no se disculpa hoy
de lo que hizo ayer.
Enjuguen esperanzas
lo que lloras por él;
que los celos entre aquellos
que se han querido bien
hoy son flores azules,
mañana serán miel.
Aurora de ti misma,
que cuando a amanecer
a tu placer empiezas,
te eclipsan tu placer,
serénense tus ojos,
y más perlas no des,
porque al Sol le está mal
lo que a la Aurora bien.
Desata como nieblas
todo lo que no ves;
que sospechas de amantes
y querellas después,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.
Alberti, “Por amiga, por amiga”.
Por amiga, por amiga.
Sólo por amiga.
Por amante, por querida.
Sólo por querida.
Por esposa, no.
Sólo por amiga.
Alberti, “Zarza florida”.
SAN RAFAEL (SIERRA DE GUADARRAMA)
Zarza florida
Rosal sin vida.
Salí de mi casa, amante,
por ir al campo a buscarte.
Y en una zarza florida
hallé la cinta prendida,
de tu delantal, mi vida.
Hallé tu cinta prendida,
y más allá, mi querida,
te encontré muy mal herida
bajo del rosal, mi vida.
Zarza florida
Rosal sin vida.
Bajo del rosal sin vida.
Lorca, 1923: “Baladilla de los tres ríos”.
El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos,
Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
El río Guadalquivir
tiene las barbas granates.
Los dos ríos de Granada,
uno llanto y otro sangre.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
Para los barcos de vela
Sevilla tiene un camino;
por el agua de Granada
sólo reman los suspiros.
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales,
Dauro y Genil, torrecillas
muertas sobre los estanques.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
¡Quién dirá que el agua lleva
un fuego fátuo de gritos!
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
Llevo azahar, lleva olivas,
Andalucía, a tus mares,
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
Gerardo Diego: repetición propia del Romancero tradicional, “Fontefrida, fontefrida”.
Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.
Indiferente o cobarde
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.
Tú, viejo Duero, sonríes
Entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.
Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.
Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.
Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada
sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.
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Reminiscencias del Romancero Tradicional
La repetición: una técnica
Góngora, 1609. De gitanos. Estribillo popular hallado en varios bailes de ppos. S. XVII
A LO MISMO
A la dina dana dina, la dina dana,
vuelta zoberana.
A la dana dina dana, la dana DINA,
mudanza divina.
Maldonado, Maldonado, 5
el de la perzona zuelta,
dina dana,
volteador afamado,
Dale a tu alma una vuelta,
dana dina; 10
Que si contrita y abzuelta
llega a comer ezte pan,
No la taza le darán,
Zino el cáliz que hoy ze gana.
A la dina dana dina, la dina dana, 15
vuelta zoberana.
Querida, la mi querida,
bailémoz, y con primor,
dana dina;
mudanza hagamoz de vida, 20
Que ez la mudanza mejor,
dina dana;
entre en mi alma el Zeñor,
No como en Hieruzalén,
Que, aunque cuatrero de bien, 25
No azeguro la pollina.
A la dana dina dana, la dana DINA,
mudanza divina.
Góngora, 1615. Introduce numerosos lusismos, ya que intervienen esclavos negros.
A LO MISMO
A - ¡Oh, qué vimo, Mangalena!
¡Oh, qué vimo!
B - ¿Dónde, primo?
A - No portalo de Belena.
B - ¿E qué fu? 5
A - Entre la hena
mucho Sol con mucha raya.
B - ¡Caya, caya!
A - Por en Diosa que no miento.
B - Vamo ayá.
A - Toca instrumento.
B - Elamú, calambú, cambú, 10
elamú.
A - Tú, prima, sará al momento
escravita do nacimento.
B - ¿E qué sará, primo, tú?
A - Saró bu, 15
se chora o menín Jesú.
B - Elamú, calambú, bambú,
elamú.
A - Cosa vimo, que creeya
pantará: mucha jerquía, 20
cantando con melonía
a un niño que e Diosa e Reya,
ma tan desnuda, que un bueya
le está contino vahando.
B - Veamo, primo, volando 25
tanta groria e tanta pena.
A - ¡Oh, qué vimo, Mangalena!, etc.
A - Soméme, e véndome a rosa
de Jericongo, María,
-Entra, dijo, prima mía, 30
que negra só, ma hermosa.
B - ¿Entraste?
A - Sí, e maliciosa
a mula un coz me tiró.
B - Caya, que non fu coz, no.
A - ¿Pos qué fu? 35
B - Invidia morena.
A - ¡Oh, qué vimo, Mangalena!, etc.
Lorca, septiembre de 1934: “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”. Partes I y II:
“La cogida y la muerte”: a las cinco de la tarde.
“La sangre derramada”: ¡Que no quiero verla!
“Romance sonámbulo”: Verde que te quiero verde.
Alberti, 1925. “El niño de la Palma. (Chuflillas) [Versos ligeros, juguetones, donde el torero le toma el pelo al toro]”.
¡Qué revuelo!
¡Aire, que al toro torillo
le pica el pájaro pillo
que no pone el pie en el suelo!
¡Qué revuelo!
Ángeles con cascabeles
arman la marimorena,
plumas nevando en la arena
rubí de los redondeles.
La Virgen de los caireles
baja una palma del cielo.
¡Qué revuelo!
—Vengas o no en busca mía,
torillo mala persona,
dos cirios y una corona
tendrás en la enfermería.
¡Qué alegría!
¡Cógeme, torillo fiero!
¡Qué salero!
De la gloria, a tus pitones,
bajé, gorrión de oro,
a jugar contigo al toro,
no a pedirte explicaciones.
¡A ver si te las compones
y vuelves vivo al chiquero!
¡Qué salero!
¡Cógeme, torillo fiero!
Alas en las zapatillas,
céfiros en las hombreras,
canario de las barreras,
vuelas con las banderillas.
Campanillas
te nacen en las chorreras.
¡Qué salero!
¡Cógeme, torillo fiero!
Te digo y te lo repito,
para no comprometerte,
que tenga cuernos la muerte
a mí se me importa un pito.
Da, toro torillo, un grito
y, ¡a la gloria en angarillas!
¡Qué salero!
¡Que te arrastran las mulillas!
¡Cógeme, torillo fiero!
(El alba del alhelí, 1926)
A LO MISMO
A la dina dana dina, la dina dana,
vuelta zoberana.
A la dana dina dana, la dana DINA,
mudanza divina.
Maldonado, Maldonado, 5
el de la perzona zuelta,
dina dana,
volteador afamado,
Dale a tu alma una vuelta,
dana dina; 10
Que si contrita y abzuelta
llega a comer ezte pan,
No la taza le darán,
Zino el cáliz que hoy ze gana.
A la dina dana dina, la dina dana, 15
vuelta zoberana.
Querida, la mi querida,
bailémoz, y con primor,
dana dina;
mudanza hagamoz de vida, 20
Que ez la mudanza mejor,
dina dana;
entre en mi alma el Zeñor,
No como en Hieruzalén,
Que, aunque cuatrero de bien, 25
No azeguro la pollina.
A la dana dina dana, la dana DINA,
mudanza divina.
Góngora, 1615. Introduce numerosos lusismos, ya que intervienen esclavos negros.
A LO MISMO
A - ¡Oh, qué vimo, Mangalena!
¡Oh, qué vimo!
B - ¿Dónde, primo?
A - No portalo de Belena.
B - ¿E qué fu? 5
A - Entre la hena
mucho Sol con mucha raya.
B - ¡Caya, caya!
A - Por en Diosa que no miento.
B - Vamo ayá.
A - Toca instrumento.
B - Elamú, calambú, cambú, 10
elamú.
A - Tú, prima, sará al momento
escravita do nacimento.
B - ¿E qué sará, primo, tú?
A - Saró bu, 15
se chora o menín Jesú.
B - Elamú, calambú, bambú,
elamú.
A - Cosa vimo, que creeya
pantará: mucha jerquía, 20
cantando con melonía
a un niño que e Diosa e Reya,
ma tan desnuda, que un bueya
le está contino vahando.
B - Veamo, primo, volando 25
tanta groria e tanta pena.
A - ¡Oh, qué vimo, Mangalena!, etc.
A - Soméme, e véndome a rosa
de Jericongo, María,
-Entra, dijo, prima mía, 30
que negra só, ma hermosa.
B - ¿Entraste?
A - Sí, e maliciosa
a mula un coz me tiró.
B - Caya, que non fu coz, no.
A - ¿Pos qué fu? 35
B - Invidia morena.
A - ¡Oh, qué vimo, Mangalena!, etc.
Lorca, septiembre de 1934: “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”. Partes I y II:
“La cogida y la muerte”: a las cinco de la tarde.
“La sangre derramada”: ¡Que no quiero verla!
“Romance sonámbulo”: Verde que te quiero verde.
Alberti, 1925. “El niño de la Palma. (Chuflillas) [Versos ligeros, juguetones, donde el torero le toma el pelo al toro]”.
¡Qué revuelo!
¡Aire, que al toro torillo
le pica el pájaro pillo
que no pone el pie en el suelo!
¡Qué revuelo!
Ángeles con cascabeles
arman la marimorena,
plumas nevando en la arena
rubí de los redondeles.
La Virgen de los caireles
baja una palma del cielo.
¡Qué revuelo!
—Vengas o no en busca mía,
torillo mala persona,
dos cirios y una corona
tendrás en la enfermería.
¡Qué alegría!
¡Cógeme, torillo fiero!
¡Qué salero!
De la gloria, a tus pitones,
bajé, gorrión de oro,
a jugar contigo al toro,
no a pedirte explicaciones.
¡A ver si te las compones
y vuelves vivo al chiquero!
¡Qué salero!
¡Cógeme, torillo fiero!
Alas en las zapatillas,
céfiros en las hombreras,
canario de las barreras,
vuelas con las banderillas.
Campanillas
te nacen en las chorreras.
¡Qué salero!
¡Cógeme, torillo fiero!
Te digo y te lo repito,
para no comprometerte,
que tenga cuernos la muerte
a mí se me importa un pito.
Da, toro torillo, un grito
y, ¡a la gloria en angarillas!
¡Qué salero!
¡Que te arrastran las mulillas!
¡Cógeme, torillo fiero!
(El alba del alhelí, 1926)
Enfermedad y muerte
Góngora, 1594: “De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado”
Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto,
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino, 5
distinto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.
Salió el sol, y entre armiños escondida,
somnolienta beldad con dulce saña 10
salteó al no bien sano pasajero:
pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera error en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
1623: “Infiere, de los achaques de la vejez, cercano el fin a que católico se alienta”.
En este occidental, en este, oh Licio,
climatérico lustro de tu vida
todo mal afirmado pie es caída,
toda fácil caída es precipicio.
¿Caduca el paso? Ilústrese el juicio.
Desatándose va la tierra unida;
¿qué prudencia del polvo prevenida
la ruina aguardó del edificio?
La piel no sólo sierpe venenosa,
mas con la piel los años se desnuda,
y el hombre no. ¡Ciego discurso humano!
¡Oh aquél dichoso que, la ponderosa
porción depuesta en una piedra muda,
la leve da al zafiro soberano!
29 de agosto de 1623: “De la brevedad engañosa de la vida”.
Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro en la arena muda
no coronó con más silencio meta
que presurosa corre, que secreta
a su fin nuestra edad. A quien lo duda
(fiera que sea de razón desnuda)
cada sol repetido es un cometa.
Confiésalo Cartago, ¿y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.
Mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.
Lorca, 1935: “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías – 2. La sangre derramada”.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
Jorge Guillén, 1930: “Muerte a lo lejos”.
Alguna vez me angustia una certeza
y ante mí se estremece mi futuro.
Acechándole está de pronto un muro
del arrabal final en que tropieza
la luz del campo. ¿Mas habrá tristeza
si la desnuda el sol? No, no hay apuro
todavía. Lo urgente es el maduro
fruto. La mano ya le descorteza.
Y un día entre los días el más triste
será. Tenderse deberá la mano
sin afán. Y acatado el inminente
poder diré sin lágrimas: embiste,
justa fatalidad. El muro cano
va a imponerme su ley, no su accidente.
Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto,
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino, 5
distinto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.
Salió el sol, y entre armiños escondida,
somnolienta beldad con dulce saña 10
salteó al no bien sano pasajero:
pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera error en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
1623: “Infiere, de los achaques de la vejez, cercano el fin a que católico se alienta”.
En este occidental, en este, oh Licio,
climatérico lustro de tu vida
todo mal afirmado pie es caída,
toda fácil caída es precipicio.
¿Caduca el paso? Ilústrese el juicio.
Desatándose va la tierra unida;
¿qué prudencia del polvo prevenida
la ruina aguardó del edificio?
La piel no sólo sierpe venenosa,
mas con la piel los años se desnuda,
y el hombre no. ¡Ciego discurso humano!
¡Oh aquél dichoso que, la ponderosa
porción depuesta en una piedra muda,
la leve da al zafiro soberano!
29 de agosto de 1623: “De la brevedad engañosa de la vida”.
Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro en la arena muda
no coronó con más silencio meta
que presurosa corre, que secreta
a su fin nuestra edad. A quien lo duda
(fiera que sea de razón desnuda)
cada sol repetido es un cometa.
Confiésalo Cartago, ¿y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.
Mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.
Lorca, 1935: “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías – 2. La sangre derramada”.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
Jorge Guillén, 1930: “Muerte a lo lejos”.
Alguna vez me angustia una certeza
y ante mí se estremece mi futuro.
Acechándole está de pronto un muro
del arrabal final en que tropieza
la luz del campo. ¿Mas habrá tristeza
si la desnuda el sol? No, no hay apuro
todavía. Lo urgente es el maduro
fruto. La mano ya le descorteza.
Y un día entre los días el más triste
será. Tenderse deberá la mano
sin afán. Y acatado el inminente
poder diré sin lágrimas: embiste,
justa fatalidad. El muro cano
va a imponerme su ley, no su accidente.
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